Una vez, hablando de amores, una linda muchacha me dijo que, por su experiencia, había llegado a la conclusión de que había cuatro clases de amores: El amor imposible, el verdadero, el amor platónico y la gran metedura de pata. Aunque esto último he de decirles que no me lo nombró exactamente así. Pero en fin, luego y según conversábamos, me fue desarrollando aquella clasificación.
El amor imposible es el que se intenta con alguien que ya está firmemente enamorado de otra persona, o que su personalidad es sensiblemente superior a nuestras cortas expectativas o también cuando la providencia nos pone en el brete de enamorarnos (pongamos por caso) de una atractiva persona que pertenezca a la derecha más casposa y que encima le guste Camilo Sesto. Sí, ya lo sé que es una exageración – me dijo mirándome con sorna – pero puede ocurrir, peores cosas he visto.
El verdadero amor, sin embargo – siguió - es aquel del que te das cuenta que lo es cada día que pasa y de que nunca lo fue cuando se acabó. Hay para pensar ¿eh?
Sin embargo el amor platónico corresponde o se extrae de uno de los conceptos que Platón tenía sobre el amor y que en mi opinión mucho tiene que ver con el no correspondido. Aunque enamorarse platónicamente, estrictamente no implica el trato ni la relación con el enamorado, solamente nos basta con volcar nuestros afectos de forma tan generosa que jamás esperamos por ello nada a cambio.
Finalmente está la gran metedura de pata, la gran decepción o la gran cagada (con perdón) que es como ella lo nombró. Y esto sucede cuando las circunstancias, la inexperiencia y la precipitación se amalgaman de forma tan estúpidamente incontrolables.
Entonces yo le hablé, aportando algo de mi cosecha particular, que a mí me gustaría enamorarme como se enamoró Pigmalión, ya saben… ese rey de Chipre que tanto le gustaba y practicaba la escultura. Pues bien, ocurrió - seguí contándole – que este buen señor un día esculpió una estatua (la de Galatea) tan bella que se enamoró locamente de ella. Entonces Afrodita emocionada por el amor tan limpio que por ella sentía, convirtió aquella estatua en mujer de carnes y huesos.
Y yo me pregunto: ¿No será que cada vez más hay demasiados pigmaliones por el mundo que de esculturas no saben ni hacer la O con un canuto?
PD. Que se me olvidaba decirte que días después, Pigmalión la pidió en matrimonio. Y es que en asuntos de amores no siempre las cosas las carga el demonio.

