A media mañana y ante la grandiosa solemnidad del Monte Hacho que bajo su amparo cobijaba a la Gran Estación de San Amaro, el Estrecho Express se preparaba para iniciar una nueva andadura. Al día, que ya había amanecido desapacible, le soplaba ahora en el cogote un frío difícil de soportar, contratiempo que no podía servir de excusa para que el cualificado personal de la “Trenes Hadú Company” regulara y revisase la maquinaria del convoy con una disciplina prusiana.
Así mismo los servicios de seguridad se afanaban en que las comprobaciones que efectuaban por todo el ámbito de la estación fueran profesionalmente las más eficaces y ejemplares. También se veía a los empleados del catering conduciendo con diligencia sus carricoches hacia el vagón de aprovisionamiento, mientras operarios de todo credo y condición se entremezclaban unos con otros formando una tupida red en torno a la majestuosidad de la locomotora.
El día era de una tonalidad tan blanca como blancos eran los copos que en ese momento caían sobre la ciudad de Ceuta. Copos silenciosos como silenciosa se muestra también a veces la voz de la conciencia humana.
Por la parte de la estación que daba al cielo abierto, hacía tanto frío que había personas que daban de vez en cuando respingos o se abrazaban a sí mismas frotándose los brazos. En el andén de enfrente, un viejecillo, con el cuello del abrigo levantado y las manos embutidas en los bolsillos, golpeaba alternativamente el suelo con sus zapatos mirando hasta donde la vista ya no le alcanzaba. Y justo donde comenzaba la vía y se estacionaban los trenes que iban a Bobadilla, Ronda y Gaucín, se vislumbraba a través de la ventana de la cantina cómo unos novios, en la mesa del rincón, entrelazaban sus miradas mientras tomaban unas tazas de café, acompañadas de sus tequieros y sus noteolvidaré.
Era ya la media tarde cuando, acercándose la hora de partida del Estrecho Express, comenzaban a llegar los primeros viajeros que nos acompañarían en este viaje donde, no sé si se lo imaginan pero me da en la nariz que sí, asesinarán a una persona. Es más, puedo adelantarles que quien asesinó a esa persona, como contestación a la pregunta que le hizo el inspector Matre, de homicidios, confesó:
- Es que era muy mala.
Y aunque esa frase sólo era una opinión, y no por eso vamos a someterla a debate, bien habrán podido deducir que ya sabemos que la persona que fue asesinada era mujer. Así que no se me vayan a perder ahora, por favor, y presten mucha atención, sobre todo a algunos de los personajes que formarán el elenco de este viaje.
Lean e imaginen ahora con qué desparpajo y prisa se mueve, tanta que su acompañante y los tres o cuatro mozos que cargan con su equipaje, apenas si pueden seguirla. Es la Baronesa del Mixto. Esa baronesa que jamás volvería a cumplir los 50, era una dama de la alta sociedad ceutí pero que se vestía de manera tan arriesgada y sutil que yo diría que hasta iconoclasta, vamos, como si siempre le hubiese importado un higo el que dirán, cosa que parecía querer dejar bien patente tocándose con pelucas de diversos colores: La de ese día era de un color azul entre el prusia y un atardecer en los mares del sur.
La baronesa que, al enviudar, había heredado tierras y haciendas de su marido, fustigaba su cuerpo al año con tres o cuatro desvaríos. Ya estuvo en la polinesia francesa practicando el francés, también en la isla de Miconos en el Egeo, pero allí no se atrevió con el griego. Luego se alucinó con un accidentado safari por el Serengeti y, como otro año hizo, se bañó en el Amazonas como aquellos que se iban nadando hasta la peña de los cien en El Chorrillo (no sé si alguien podrá aquella playa recordar, pero según me dijo mi abuelo estaba por detrás de la catedral).
Ese año la baronesa, haciendo gala de su peculiar cambio de ánimo, quiso iniciarlo de forma más moderada, eligiendo el periplo que por esta parte del Mediterráneo, inicia cada mes, el mundialmente conocido Estrecho Express. Pero no se entretengan más con la baronesa que ya ha debido subirse al tren y presten atención ahora al caballero que llega.
Delgado como una vara de bambú y seco en su expresión como una mojama de atún, el coronel Ostalé se lleva la mano a la tetilla ajustándose un imaginario correaje como si se dispusiese a arengar a sus formaciones en un jubiloso día de pascuas y celebraciones. Alto, con el bigote afilado en las puntas y la mirada fija en la lontananza, Ostalé camina parsimonioso por el andén hasta llegar al coqueto mostrador de recepción. Allí y después de acreditarse, unas azafatas le acompañan al pie del vagón donde le espera el jefe de servicio de la “Trenes Hadú Company”, el atento Sahib Kimatrai que de forma muy agradable le da la bienvenida.
Aparte de la elegancia en sus ademanes, el coronel Ostalé poseía además ese porte al manejarse como si estuviese de vuelta de todo. Hombre íntegro donde los hubiere porque, aunque su amada falleció hace ya unos años, jamás se le conoció infidelidad alguna si por infidelidad no se tuviese en cuenta esos días de placer y desliz, que tuvo con una artista de variedades las veces en que viajó a Madrid. Excepciones de su personalidad, sin embargo, que siempre fueron fáciles de explicar para cualquier bicho viviente, incluso para aquellos que destacan por estrechez más que por sus anchuras de mente.
El coronel Ostalé, acompañado siempre por la Relaciones Públicas de la compañía, Srta. Lamarina, atraviesa uno de los vagones-salones del express, que en ese instante se encuentra solitario,
hasta llegar a otro muy confortable donde es presentado a sus compañeros de viaje que toman ya un refrigerio charlando amigablemente; entre ellos el Dr. Azcárate, hombre dicharachero, de agradable conversación y según dicen, un impenitente viajero.
- ¿Qué desea tomar, amigo Ostalé? – no supo por qué pero aquella rápida confianza le agradó al coronel - ¿Le viene bien un whisky? – le preguntó el Dr. Azcárate mientras hacía esperar al camarero con la mirada.
- No, gracias, quisiera algo más fresco para esta hora de la tarde ¿podría ser un daiquiri?
- ¡Espléndido! Yo tomaré otro – exclamó una mujer avanzando hacia ellos, era Madame Lantana – pero el mío que sea, por favor, con una guinda verde y otra encarnada.
Madame Lantana, amén de ser una agradable mujer, destacaba por la personalización de su atractivo y embrujo, como si en ella vivieran siempre en pecado, los dos muy juntos. A Madame Lantana, cuando en las tibias noches de verano la iluminaba a traición la luna, era por no poder soportar de celos, verla mirar así en la penumbra.
Pero de pronto, se cerraron puertas, se oyeron un par de silbatos… y el Estrecho Express que, muy suavemente, comienza a abandonar la Gran Estación de San Amaro bordeando las faldas del Monte Hacho mientras, en lo alto de su cumbre, el Hotel Fortaleza comienza a verse cada vez más lejos, al tomar velocidad el expreso en dirección a Castillejos.
Acabado el refrigerio y aposentado ya en su compartimiento, el coronel Ostalé ordena con tranquilidad sus pertenencias cuando comienza a oír, viniendo del otro lado de su compartimiento, unos golpes, un prolongado jadeo y unas palabras, palabras que no llegó a entender muy bien pues la mujer que las pronunciaba lo hacía en su olvidado francés.
Acabó de ordenar su equipaje y mientras leía la hoja de ruta que le habían dejado en la mesita con los horarios, servicios y actividades, se dio cuenta que más que a lo que leía se le iba la atención a lo que al otro lado de la pared ocurría. Y en esas estaba cuando oyó al mozo de comedor que pasaba haciendo sonar una pequeña campanilla anunciando que el vagón-restaurante quedaba abierto para la cena.
Entonces sacó del perchero su traje oscuro y, después de poner algo de música, se echó un rato en la cama. La verdad es que no pudo estar más acertado
pues aquella melodía “Extraño en la ribera”” era una de sus preferidas y además… ¿tan extraño se sentía viajando por aquella ribera después de tantos años?
Se vistió, se puso unas gotas de “Álvarez Gómez” y, tras mesarse el bigote frente al espejo del lavabo, el coronel Ostalé acudió al vagón-restaurante donde ya se servía un aperitivo.
Ultima edición por Salitre el Jue Feb 11, 2010 10:23 am; editado 4 veces
Vie Ene 22, 2010 5:39 pm
Salitre
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Pero un poco antes, cuando atravesaba el largo y enmoquetado pasillo que le llevaba al vagón-restaurante de tan suntuoso tren, el coronel se había encontrado con un hombre de buena estatura, ancha complexión y buena presencia.
Era Frank Latas, el eficiente policía del tren, que volvía a su compartimiento después de haber recorrido buena parte de los vagones poniendo al servicio de la “Trenes Hadú Company” sus grandes dotes de observación. Por eso, cuando Frank Latas se apartó a un lado para dejarle pasar, el coronel no pudo dejar de sentir la presencia de aquellos amables ojos claros, que se posaban en él como si le interrogaran sin preguntarle.
Pero sigamos… sigamos y, mirando por encima del hombro del coronel que nos servirá de ariete, entremos en el vagón-restaurante donde todos charlan amigablemente como también hace el Dr. Azcárate con un nutrido corro que le escucha con atención.
El doctor les contaba que una vez un periodista le preguntó al gran Albert Einstein si se sentía capaz de poder explicar con sencillez los intríngulis de su famosa teoría de la relatividad. Entonces el eminente físico dirigiéndose al periodista le inquirió
- Y usted… - se quedó pensativo mirando hacia otro lado - ¿podría explicarme con toda claridad cómo se fríe un huevo?
- Naturalmente que puedo explicárselo y además con toda la sencillez del mundo.
- ¿Pero está usted seguro? - le volvió a preguntar Einstein.
- ¿No he de estarlo, profesor?
- Tenga usted en cuenta que quizás yo sea una persona que no sepa lo que es una sartén o quizás un huevo, ni lo que es el aceite y ni siquiera el fuego.
Todos rieron y Madame Lantana, sorprendida por aquellas inesperadas palabras, casi suelta una carcajada escanciando hacia atrás su melena como una cascada de cava. En frente, otra agraciada mujer de voluptuosas formas que se apoyaba en el brazo del doctor, se apresuró a decirle que no había entendido muy bien lo que les había contado. Era Mademoiselle Portes des Champs expresándose en perfecto castellano aunque con acusado acento francés. Pero cuando el Dr. Azcárate se disponía a explicarle con discreción la moraleja, ya no hubo lugar pues en ese instante les avisaron de que estaba a punto de servirse la cena.
´
Las mesas eran de cuatro comensales aunque también había algunas solitarias de dos, apostadas al otro lado del pasillo. Entonces, cuando el coronel Ostalé ya estaba casi sentado en una de estas últimas, fue requerido por Madame Lantana que, con una seña, le hizo después el gesto para que ocupara la silla que había junto a ella y así no estaría tan solo.
- Gracias, es usted muy amable.
- No me las dé a mí, fue idea de ella - y señaló al frente.
Porque la mesa ya estaba completada con D. Recinto y Julia Cervantes, una renombrada actriz de los escenarios, rubia de cabello y tostada de piel, y con unos ojos que parecían lunas nadando por las aguas del foso. Más allá, en una de las mesas de dos, un hombre joven llamado Apolo jugueteaba con lo cubiertos como si se impacientara por la tardanza de la cena.
D. Recinto era un individuo gordo, casi obeso, que también tenía que ver con el teatro, pero en su concepción más administrativa y en lo tocante a la fría gestión. De voz atiplada como la de un castrato florentino, cataba, como catarse debe, un apetecible vino, D. Recinto lo miró haciéndolo girar para adivinarle el color, luego metió con descaro su nariz en la ancha copa y después lo paladeó mientras removía y giraba hacia a un lado y otro sus labios, como si ambos se acabaran de montar en el látigo.
- ¿Sabe que esta noche tendremos baile, coronel?
- No me diga! – intervino D. Recinto – ¿Bailará usted conmigo Madame Lantana?
- ¡Naturalmente! Tendré mucho gusto, D. Recinto. ¿Me da que es usted un buen bailarín? ¿me equivoco?
- No, no se equivoca – le contestó Julia dejando de mirar por un momento al coronel - sí que lo hace bien, sí, además es un bailarín inagotable, cualquiera lo diría.
- ¿Lo dices por mi peso, querida?
Y fue el momento que el coronel aprovechó para echarle una miradita a la carta de la cena.
Vichyssoise gratinada con espuma de cilantro
Berenjenas caramelizadas sobre el lecho de tres quesos
Sonetos de cigalitas con estrambotes varios.
Tartas y cafés
- Y esto de los estrambotes… ¿qué podrá ser? – preguntó D. Recinto.
- Pues a saber ¿pero a que resulta muy literario? - hablaba Julia Cervantes - ¿no le parece, coronel?
- Cierto que lo es - dijo sin inmutarse.
- ¿Y que me dicen de los sonetos? – terció Madame Lantana sin poder contener la risa.
La cena fue finalmente servida, por la forma en que se describió el menú, naturalmente en platos de formas extrañas y hasta complicadas con rayados de garabatos verdes, ocres y hasta azulados que hicieron las delicias de todos los presentes. Y entre ellos D. Recinto que alabó las excelencias de aquellas viandas pero sobre todo de los estrambotes.
- Aunque si por mí fuera – entonces lo acabó de estropear - yo me alimentaría toda la vida de patatas fritas y helados - dijo con su voz aflautada - ¿verdad, Julia?
Pero Julia Cervantes ni lo miró.
- Y usted viaja sola, naturalmente – preguntó D. Recinto afirmando con esa destreza que le definía.
- ¿Pero cómo sabes que viaja sola? – casi le increpó Julia Cervantes – además… ¿es que no vas a dejar nunca ni un solo resquicio para la discreción? perdónelo, amiga mía, pero este hombre es incorregible.
- Pues sí que viajo sola, sí, circunstancias me obligan a ello.
- Ah… - se quedó D. Recinto con unas incontenibles ganas de repreguntar.
En la mesa contigua, la Baronesa del Mixto reía con estruendo oyéndose sus carcajadas cada dos por tres, desenfadada, vestida de verde y con su gorrito tirolés. A su lado, su acompañante María, y en frente el Dr. Azcárate que explicaba a Mademoiselle Portes des Champs los entresijos de lo que acababa de decir la Baronesa del Mixto porque esta vez no lo había cogido.
A los postres, con la cena acabada y girando ya en dirección a Tetuán, se apagaron todas las luces del vagón y se descorrieron las cortinas por orden del Jefe de Servicios, Sahib Kimatrai, invitándoles a que miraran hacia el mar que dejaban donde una redonda luna se suspendía luminosa y alta, como si tampoco quisiera perderse tan bella serenata.
(No olviden darle al volumen, ponerse sus cascos así como engrandecer la pantalla pulsando el rectángulo inferior de flechitas, lo verán y lo escucharán mejor)
Madame Lantana se quedó estupefacta ante la inmensa belleza que ofrecía el paisaje yendo tan de la mano de aquellas notas musicales. Julia Cervantes, aprovechando la oscuridad y por debajo de la mesa, presionó con su pie los del coronel, y el Dr. Azcárate tomó del brazo a Mademoiselle Portes des Champs, señalándole la excelsa luminosidad de aquella luna que parecía que se iba a poner a bailar.
Cuando el espectáculo terminó por colarse el tren entre un desfiladero de alta arboleda, abrieron el vagón del fondo donde, en una pista improvisada, el baile iba a tener ya lugar. Benítez, un apuesto joven, y una muchacha, la atractiva Yébel, comenzaron a animar la fiesta dirigiéndose a todos los presentes invitándoles a salir a bailar. Benítez sacó a la Baronesa del Mixto, y Yébel se fue a por Apolo, ya saben, ese joven que el vagón-restaurante se había sentado solo. Y fue justo en ese momento cuando, en una gran pantalla de envidiable sonido, comenzó a oírse el nunca morirá jamás, ese rítmico y extraordinario “Volver a empezar”
Entonces D. Recinto, moviendo sus hombros con un increíble sentido del ritmo, llevaba a Madame Lantana como si fuera una pluma, Mademoiselle Portes des Champs hacia lo propio con Azcárate pero en este caso con mucho mimo, pues al doctor no le había llamado Dios por ese camino, mientras en una esquina como si se conocieran de toda la vida, Julia Cervantes se abrazaba al coronel descansando su pecho, su alma y hasta su pudor sobre él.
Pero desde el fondo del otro lado del vagón, Frank Latas, el eficaz policía del tren, observaba la escena como si no hubiese en el tren otra cosa que ver.
Mie Feb 03, 2010 11:51 am
Salitre
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Justo cuando la canción terminó y en las mesas reinaba un agradable clima de concordia y expectación, apareció Lamarina, la agradable Relaciones Públicas del Estrecho Express, animando a los presentes a que se trasladaran al vagón-piano donde, aparte de estar más cómodos, podrían participar en un pequeño concurso de baile que ya iba a comenzar.
D. Recinto, para el que eso del danzar formaba parte de su vida, dejó en seguida el corro en el que charlaba para aliarse con Julia Cervantes, la Baronesa del Mixto hizo lo propio y buscó la presencia de Benítez, ya saben, aquel joven de tan buenas hechuras, el Dr. Azcárate, como no se había separado ni un momento de Mademoiselle Portes des Champs, se reafirmó en que ella sería su pareja y, finalmente, el coronel le costó poco componérselas para que Madame Lantana fuera su acompañante y quien se dejara llevar para la consecución de aquel premio que otorgaban. Y es que al coronel lo de bailar, y aunque tampoco quería decir mucho, se le daba mejor que desfilar. También se unieron a ellos unas cuantas parejas más, pero a ésas no le prestéis demasiada atención pues no son de nuestra historia.
Desde unas oscuras nubes que, a ratitos disfrazaban de gallina ciega a la luna, el Estrecho Express marchaba perseverante y tortuoso en la noche como un gusano luminoso que se da prisa para perderse entre la maleza. Faltaba poco para llegar a Alcázarquivir, ciudad que el Estrecho Express atravesaría para llegarse hasta Larache donde, una vez que el baile hubiera tocado a su fin, el tren pararía para echarse un sueñecito hasta el amanecer antes de reemprender el viaje a Tánger.
La canción que para el concurso Lamarina eligió, fue la archi conocida "Llévame a la luna" pero con un ritmo agradablemente abossanovado que hizo que D. Recinto y Julia Cervantes mostraran una habilidad en sus movimientos que no tendría rival entre los participantes, ni siquiera el coronel con su espectacular juego de caderas. La Baronesa del Mixto, bailando con soltura se arrimaba también cada vez más al paciente joven Benítez mientras que, en una zona de penumbra y con indudable maestría, el coronel acompasaba sus pasos al ritmo de ese "Fly me to the moon" que, aunque nada tenía que ver con el de Sinatra, había momentos en que se bailaba solo.
Si es de vuestro gusto… volumen, cascos y ampliación de pantalla.
El coronel, nada más acabar el “Fly me to the moon” al esconderse la luna, se había ido hacia la barra y, tomando un daiquiri, se lo había ofrecido a Madame Lantana pero con una guinda verde y otra encarnada. Él, con evidente dedicación y esmero, se tomaría otro que en la cuenta de la noche creo que ya iba por el tercero.
- Qué detalle, coronel ¿pero cómo te acordaste también de lo de las guindas?
- Llámame Enrique, por favor, pues ya ves, quizás por lo mucho que reconforta ejercitar la memoria para luego intentar agradar.
- Pues lo conseguiste ¿sabes, Enrique? me ha encantado la canción pero, como muchas otras que nunca he sabido lo que dicen, me tengo que imaginar sus palabras.
- Pues esta canción, querida mía, habla más o menos de una muchacha soñadora que le dice a su amante que la lleve a la luna y que la deje jugar con las estrellas porque quiere notar cómo es allí la primavera.
- ¿Nada más?
- ¿Es que te parece poco que alguien te pida que la lleves a la luna?
- Hombre… ya puestos...
- Bueno, también le dice que le llene el corazón con canciones, que él es lo que ella desea, que, en otras palabras, sea sincero y que, otra vez en otras palabras… te quiero. Todo eso le dijo.
- ¿Ves? eso ya está mucho mejor.
Y mientras la madrugada avanzaba, en la atmósfera del vagón se amalgamaban los perfumes femeninos con las risas desbocadas, pero también con ese punto suspendido en el aire del olor a licor con el excelente aroma del puro habano que se fumaba el Dr. Azcárate, con tanta solemnidad como si pronunciara el juramento de Hipócrates.
Entonces, con el asomo de bonanza, comodidad y pasión que siempre provoca el beberse unos rones con limón, al coronel, mientras todos charlaban, le vino la tentación de comparar a esas dos mujeres tan excitantes y que no eran otras que Madame Lantana y Julia Cervantes.
El coronel observaba que aunque físicamente eran de iguales formas y hasta estatura, aún siendo Julia muy rubia y Lantana morena, tenían ambas cierta similitud que le entusiasmaban en sus maneras. Quizás fueran su formas de sonreír o mirar, Julia tenía los ojos verdes y era muy divertida, Lantana los tenía negros y pasaba más desapercibida. A Julia Cervantes la conoció hace ya unos años en un pueblo costero y a Madame Lantana en este primer encuentro en el tren. Era como comparar la comodidad de transitar por un camino ya recorrido, frente a la ilusión y sorpresa de toparse con lo desconocido.
- Enrique ¿me pedirías algo para beber? – le dijo Julia poniéndose a su lado.
- ¿Me llamas ahora por mi nombre?
- Claro, como siempre…
- Me ha sorprendido, Madame Lantana – era D. Recinto quien le hablaba – que bailara también.
- ¿Y qué te apetece beber? – esperaba la respuesta de Julia el coronel.
- Sin embargo fue usted quien se llevó el premio.
- A veces se cometen injusticias, Madame Lantana, pero de verdad que me entusiasmó su forma de bailar.
- Lo que te parezca.
Y a los pocos minutos llegó el coronel con dos copas cónicas limpias y brillantes, que ufano llevaba en alto como si fueran diamantes.
- Gracias, a veces eres tan amable…
- ¿Solo a veces?
- Ya lo sabes, siempre lo fuiste más con mi hermana.
- Mira, te dejo elegir, ésa tiene menos tónica que ron, sin embargo ésta – la señaló con sus ojos – lleva más ginebra que limón.
- O sea, que me quieres emborrachar.
- Nada más lejos de mi intención, aunque cuando me das la idea...
- Por cierto ¿qué es de ella?
- ¿De quién…?
- Pues de tu hermana.
- Va, olvidémoslo.
- Vale, oye, ahora que nadie nos escucha, veo que sigues llevando la pulserita blanca.
- No he dejado de llevarla ni un solo día.
- ¿No me digas?
- Y tú… ¿conservas la fotografía?
- Naturalmente.
- Eso sí que no me lo creo.
- Pues es la verdad.
- ¿Y ese afán?
- Pues porque sin querer atribuirme méritos, la verdad es que es una fotografía muy buena, creo que me salió bastante bien.
- Tienes razón, no estuvo mal.
- De todas formas con semejante modelo no hubiera salido mal aunque me lo hubiese propuesto.
- Gracias.
- Aunque también hay que reconocer que la pulserita fue también muy fotogénica.
- Sin duda.
- ¿Pero qué me dices de la mirada de aquella esmeralda que parecía que se te hubiera caído del pelo?
- La verdad es que todo acompañó, el huerto de almendros, aquella deliciosa playa con su plácido atardecer, también la luna…
- Por cierto, no lo recuerdo bien ¿pero te la hice desnuda?
- ¡Coronel!
- La verdad es que fue un día perfecto.
- Sin duda que sí.
- Anda, vamos ahora a bailar.
- ¿Justo tiene que ser ahora?
- Sí, es que te he reservado una sorpresa con un disco que tenía por ahí, ven, mira a la pantalla a ver si esta canción te suena.
Si es de vuestro gusto... volumen, cascos y ampliación de pantalla
Mie Feb 17, 2010 2:09 pm
kala
Registrado: 08 Nov 2007
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Salitre, quería decirte, que me tienes pegada a la pantalla del ordenador día y noche, no como, no duermo... ten compasión de mí, y termina pronto con mi padecer.
Bueno, quizás he exagerado un poco, pero estoy muy intrigada con esta historia, por cierto extraordinariamente contada, y acompañada de una música preciosa.
Y ahora, te haría una pregunta, que sé que no me vas a responder, por eso no la voy a hacer, ¡qué rabia!, me tendré que quedar con la duda hasta el final del relato.
Gracias por estos buenos ratos.
Dom Feb 21, 2010 5:48 pm
SEVILLANA
Registrado: 18 Nov 2007
Mensajes: 31
HOLA TAMBIEN ESTOY ENGANCHADA CON EL TEMA.ADEMAS DE ENCANTADA,PUES NO SE PUEDE DESCRIBIR MEJOR TODO LO QUE OCURRE EN EL TREN.YO TAMBIEN HARIA UNAS PREGUNTAS PER SERE PACIENTE Y ESPERARE CON ANSIA TODO LO QUE QUEDA POR ACONTECER.SALUDOS SEVILLANA.
Sab Mar 06, 2010 11:17 pm
Salitre
Registrado: 06 Nov 2007
Mensajes: 789
La luz del amanecer, con cuidado de no hacer ruido, pintaba de naranja las cocorotas de los olivos, una brisa ligera le despeinaba al tren su melena oliendo como en primavera huele el romero, la mañana y también el espliego.
Dentro, en la penumbra del coche-cama, a Julia Cervantes una llamarada de sol le iluminó sus dos dormidas pupilas, justo cuando el expreso pasaba por la estación de Arcila.
- ¿Pero es que ha sido de nuevo un sueño? – se dijo sin abrir aún los ojos.
No, seguro que no, que esta vez no lo fue, pues aún resonaba en sus oídos la fogosa voz del coronel. Estirándose hacia un lado para no despertarlo, con cuidado, Julia Cervantes se preguntó si ese tiempo pasado, de todos los de su vida, había sido el mejor.
- Por supuesto que sí – trató de convencerse.
Las besanas convergían en el horizonte y la mañana lucía luminosa mientras las espigas de trigo se inclinaban al paso del tren como si se fueran a dormir otra vez.
Eran las mismas besanas que Madame Lantana observaba, cuatro ventanas más hacia el vagón de cola, envuelta en la ropa de cama con la mirada perdida y una irascible soledad en su alma. Se levantó y, después de pasar por la ducha, se afanó con paciencia en la ardua tarea de comenzar su tan espectacular maquillaje.
- ¿Por qué me gustará tanto verte dormir a mi lado - se preguntaba Julia Cervantes otra vez cuatro ventanas pero hacia la cabecera.
Entonces le vino a la memoria la letra de aquella estupenda bulería que decía…
“Al amanecer, al amanecer con un beso blanco yo te desperté.”
Cascos, volumen y ampliación de pantalla para Lole y Manuel
Al cante, Dolores Montoya Rodríguez (Sevilla 1954) Al toque, Manuel Molina Jiménez (Ceuta ¡olé! 1948)
- ¿Sale bien caliente el agua, lirio?
- Agradablemente caliente ¿pero a que viene eso?
- Hombre, porque soy yo la que se va a duchar ahora.
- No me refería a eso, sino a lo de llamarme lirio.
- Ah, es la letra de una canción.
- ¿Y qué es lo que dice esa letra?
- Espera que me acuerde bien, sí, decía... Ayer, cuando amaneció, una mariposa blanca de un lirio se enamoró.
- Qué mundo tan complicado que hasta las mariposas se enamoran ¿no? – exclamó mientras se peinaba frente al espejo.
- Quizás no sea tanta la complicación de que esas mariposas se enamoren como que lo hagan además de un lirio ¿no te parece?
- Bueno…
- ¿Dormiste bien?
- Lo justo, estas camas para uno no están nada mal pero para dos ya es otro cantar.
- Ya no puede confiar una ni en el confort de la Trenes Hadú Company ¿a que presento una severa queja?
- Hágame usted ese favor, buena mujer, pues estuve cuarto y mitad de la noche, observándola en vela con generoso derroche.
Y en ese momento, como cuando aquellos antiguos monaguillos se echaban a la calle para, según qué clase de oficios, hacer sonar su campanilla, otra no tan solemne pero más agradable y sencilla, comenzó a oírse cada vez más cerca. Era el mozo de comedor que la tañía anunciando que media hora faltaba para que el turno del desayuno acabara.
- No tarde, que tengo tanta hambre que si la tuviera a usted ahora mismo a mi vera, de un solo bocado me la comería entera.
- ¡Huy que miedo, coronel, no me asuste! – exclamó mientras corría hacia la ducha.
- Que no tardes… - la señaló con el índice.
- No te preocupes, empieza sin mí pues yo igual ni desayuno.
Sentado en una mesita desde donde los postes y árboles parecían correr en dirección contraria, el coronel pidió un desayuno que le sirvieron en seguida.
Antes, había tomado del expositor de prensa dos periódicos: Uno era el “Asilo Viejo News” donde leyó que habían arrestado a un reverendo al que sorprendieron con la sotana remangada, asaltando un furgón blindado con una recortada en las manos. El otro era el “España de Tánger” que al parecer venía con retraso pues no era exactamente el del día.
Llegaron a Tánger cuando el coronel tomaba su segundo desayuno esperando a Julia que seguía sin venir. Desde la estación observó la bahía con aquella playa amplia y abierta, y de arena tan fina, recordando que fue precisamente allí donde por primera vez vio un bikini “puesto” en una mujer. Una mujer de la que nada más verla admiró, en su volcánica adolescencia, aquel caminar de caderas con tan insinuante cadencia.
Cuando regresaba a su compartimiento, el coronel fue informado por la Srta. Lamarina que estarían parados unas horas para que, los que quisieran, pudieran visitar la ciudad. Antes se había cruzado en el pasillo con Madame Lantana que iba tan rápida que ni siquiera lo saludó. Abrió la puerta, se cambió algo la ropa y, como al llegar al punto de encuentro el grupo ya se había marchado, no le quedó otra cosa que darse un paseíto a solas. Dejando la estación, tomó hacia el consulado por la Avda. de España. Yendo distraído pensando en sus cosas, al coronel no se le escapó cómo tres enfundadas tangerinas le miraron con discreción pero sujetándose la sonrisa.
Y es que el coronel, con el cambio de ropa, por la prisa, no se había remetido bien la camisa, dejando una de sus puntas asomando por donde anidan los impulsos y que a cierta distancia, por lo visto, podría parecer cualquier clase de bicho. Se colocó los auriculares, adecentó su apariencia y continuó caminando hasta rodear la ciudad por su parte alta desde donde el mar aparecía bellísimo.
Pero justo cuando regresaba hacia la estación, el coronel Ostalé, tras unas verdes palmeras al otro lado de la acera, oyó cómo Madame Lantana y Julia Cervantes discutían acaloradamente. Aguzó el oído por tratar de entender lo que se decían pero no oyó nada aunque sí pudo ver con claridad la forma en que Madame Lantana zarandeaba a Julia Cervantes propinándole una sonora bofetada.