Salitre
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 DOS REGALOS DICEN QUE DE SUS MAJESTADES
Esta es la breve historia de un cruce de regalos que ocurrió un día de Reyes, hace ya bastantes años, en la ciudad de Ceuta. Fue entre dos personas que las vamos a llamar, para que nadie se dé por aludido, con dos nombres elegidos al azar: Carlos que quería mucho a Sara y ella que lo quería mucho a él.
Carlos tenía un precioso reloj antiguo que lo guardaba como oro en paño, por ser el recuerdo que le dejó su abuelo al morir. Él estimaba mucho aquel regalo pues su abuelo, a parte de abuelo, había sido también su padre desde su más tierna infancia.
- Sólo le falta su cadena de oro para ser el juego completo – le dijo una vez a Sara, un día que charlaban sentados en uno de esos banquitos de los Jardines de San Sebastián - ¿a que es precioso? – le decía echándole su vaho, frotándolo a continuación y mirándolo a distancia para apreciar su brillo.
- ¿Tanto te gusta? – le preguntó Sara esponjando su melena al viento.
- Casi tanto como me gusta tu pelo negro tan largo – le contestó Carlos adornando su expresión con un gesto de cariño.
Transcurrieron entonces unos meses hasta que un día, con la Navidad ya en puertas, a Sara se le ocurrió que podría regalarle esa cadena de oro para su reloj, que aquella tarde ambos admiraban frente al escaparate de La Esmeralda. Entró, preguntó su precio y calculando la cuantía de sus ahorros, se dio cuenta que no le llegaba para tanto. Así que con mucho desconsuelo, se cercerió de que aquella bonita idea iba a ser poco menos que imposible.
- ¿Cómo que imposible? – pensó - ¿cómo que imposible…?
Y conociendo, por una amiga, que había un señor muy historiado, que vivía en la calle Alfau, que compraba melenas de muchachas a peso de oro, Sara no se los pensó dos veces y hacia allí se encaminó. En poco más de unos minutos se quedó sin a preciosa melena de la que tan orgullosa estaba, pero… ¡se la habían pagado tan bien!
Por fin llegó ese esperado Día de Reyes, ese día que había estado esperando con más ilusión de todos los que recordaba, ese día en que, tal como habían quedado, se iban a cruzar sus regalos. Ella estaba nerviosa como una niña y Carlos, ilusionado, subía las escaleras con un paquetito en su bolsillo muy bien adornado con una preciosa cinta.
Pero cuando Sara le abrió la puerta y la vio, no pudo por menos que echar un paso atrás. Su primorosa melena había desaparecido y ella le sonreía con apenas unas pequeñas greñas que le habían quedado sobre la frente.
- ¿Pero qué has hecho, Sara? ¿qué ha sido de tu preciosa melena?
- Pues me la he cortado, Carlos, es que he necesitado hacerlo para comprarte algo que te hacía mucha ilusión. ¡Mira! – y toda ufana, desplegó ante sus ojos aquella bonita cadena de oro que tan bien le iba a ir a su reloj - ¿no te gusta?
- Claro que me gusta, pero… ¿y tu pelo?
- Lo de mi pelo tiene solución, ya crecerá otra vez.
Y entonces Carlos sacó su regalo del bolsillo y abriendo el paquetito le mostró dos adornos de oro y marfil que le había comprado para que sujetara ella su pelo en los días de viento.
- ¡Qué preciosidad, Carlos! – le dijo ella - mirándose en el espejo.
- ¿Verdad que sí? – le contestó él, pensando que para comprarle aquellos adornos, por no tener tampoco recursos, había tenido que vender el precioso reloj de oro que le había regalado su abuelo.
Ultima edición por Salitre el Mar May 18, 2010 11:23 am; editado 1 vez
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